La censura en los colegios católicos

Vivimos en un país que profesa ser laico y niega la existencia de algún tipo de partida presupuestaria del Gobierno provincial destinada a la Iglesia Católica. A pesar de la negación del gobierno, la realidad es que destina fortunas a los colegios católicos. Desde 1947 se dispuso el pago de subsidios a colegios católicos como “ayudas según las necesidades”, aclarando que no existía preferencia alguna sobre las instituciones católicas. Córdoba posee un número muy elevado de colegios católicos, desde la Dirección General de Enseñanza Privada dependen unas 600 escuelas, según datos del Ministerio de Educación de Córdoba, siendo el 70 por ciento de ellas católicas.

La avanzada y la trascendencia del catolicismo en la educación no es nada nuevo si se contempla el origen de las universidades en Argentina, la de Córdoba fue fundada el primer cuarto del siglo XVII, cuando los jesuitas abrieron el Colegio Máximo, donde sus alumnos recibían clases de filosofía y teología, siendo la base de la educación universitaria.

Con la necesidad de mantener el statu quo, la Iglesia siempre se pronunció en contra de cualquier tipo de reclamo obrero-estudiantil y conquista de derechos, como se puede evidenciar en su funcionalidad ante los diferentes periodos dictatoriales que transitó el país. Como no es de extrañar, actualmente las instituciones católicas se encuentran en una encrucijada con el avance del movimiento feminista, con sus respectivas reivindicaciones y luchas. Uno de los mecanismos que utilizan las diferentes escuelas para sosegar esta sublevación, es de la censura. Prohibiendo cualquier tipo de manifestación que vaya en contra de sus ideales y suponga un cambio de paradigma, desde la creación de centros de estudiantes hasta la impartición de educación sexual integral.

Virginia Nieto es una estudiante de historia en la UNC, militante de la Izquierda Socialista dentro del Frente de Izquierda de los Trabajadores y ex alumna de un colegio católico privado, del que fue censurada y sancionada múltiples veces, obligándola indirectamente a cambiarse de escuela.

-¿Desde cuándo comenzaste a experimentar la censura dentro del colegio?

Desde que iba a segundo año, es decir, a los 13, cuando arranqué a tener muchas dudas del catolicismo. Un poquito de materialismo dialéctico se coló sin que yo tenga muy claro qué era. Desde acá empecé a tener fuertes confrontaciones entre lo que me habían enseñado y lo que estaba viendo en la realidad.

En una oportunidad veíamos en Formación Religiosa la teoría del Creacionismo y por algún motivo se coló una discusión sobre aborto, un tema que yo estaba indagando sin saber que años más tarde sería una de las luchas más importantes que íbamos a dar las pibas.

En esa clase me pidieron que no hable más sobre el tema. La semana siguiente en la misma materia no me dejaban hablar. Por eso llevé un cartel grande con una frase de Callejeros, una banda que también en parte marcó un poco mis primeras decisiones políticas. Me paré e hice un poco de ruido. Se me pidió que me retiré del aula, a lo que manifesté como censura. Pasaron varios años y me volví militante activa de un partido. En ese lapso veía algunas cosas como injusticias, pero me centré en no hacer olas. El problema llegó cuando me di cuenta que no podía quedarme en ese lugar de pasividad que se espera de lxs estudiantes.

A partir de ahí, quedó sobre la mesa mi militancia política que venía manejando espaldas de la escuela y de mi familia. Desde ahi todo arrancó a ponerse un poquito peor. Empezó la revisión de mis redes sociales por parte del gabinete psicopedagógico, conversaciones de pasillo con dichos como «no son temas que discutimos acá», «no es de éste ámbito». Arrancaron las crisis nerviosas cada vez más seguido, las discusiones en casa contra la militancia y demás. Ese año fue bastante difícil pero me lo logré bancar.

-¿Cuál fue el motivo de tus múltiples sanciones?

Ya como militante, me habían encargado la tarea de hacer un volante invitando a una de las marchas más importantes para lxs pibxs de los secundarios: la noche de los lápices, un hecho político que al día de hoy nos demuestra la necesidad de organizarnos , pelear contra la impunidad de ayer y de hoy y  por todos nuestros derechos, aceptando el camino de la lucha y no de la resignación.

En el mismo momento, el gobierno de Macri con Bullrich a la cabeza eran responsables de la desaparición, y luego asesinato de Santiago Maldonado, por lo que cualquier tipo de manifestación sobre el tema era castigada, pues «somos derechos y humanos». De todas maneras, mi compañera de banco era simpatizante del partido y me había ayudado a diseñar el volante. Una vez impreso se lo mostré en una hora de clase. Mi profesora lo vió y no dudó en sancionarme por «tener materiales que no hacían a formación académica».

Llegando a sexto, la lucha por el aborto legal empezó a profundizarse. Había, literalmente un pañuelazo por semana y con Isadora estábamos religiosamente ahí todas las semanas. En febrero conseguí mi pañuelo de la campaña, el que se volvió uniforme de miles de pibas en todos lados. Incluso en los lugares más conservadores. Lo llevé hasta junio en mi mochila sin que nadie me dijera nada. Sin embargo, los antiderechos ante el avance de todas se organizaron en contra nuestra.

En junio, previo a la primera vigilia me piden que lo saque de mi mochila. Lo hice, pero pasado el 13J, al ver que en la escuela también se notaba la diversidad de pañuelos lo volví a poner. Dos semanas más, me sancionan. Me amparo en mi partido, ya que  mi familia muchas veces se había mostrado a la negativa de mis ideas. Ahora, con la cuarta ola por las nubes, y con los balances de militancia, volvía a aparecer la necesidad de organizarnos porque podíamos triunfar.

Todo culmina cuando Ezequiel, compañero del partido y legislador electo por el FIT, interviene en el recinto para hacer un pedido de informes sobre ESI en el marco de la avanzada de los antiderechos, que no solamente se anteponían al derecho a decidir, también militaban en contra de la educación sexual y de los métodos anticonceptivos. En el mismo video que es publicado en las redes sociales sale el talonario de mi sanción con mis datos tapados.

Unas semanas después citan a mis papás a la escuela, me llaman a la reunión y me dan un ultimátum: «o te quedas tranquila o te damos el pase». Era casi septiembre, cambiarme en mi último año y a esa altura era inviable. Sin embargo, al día siguiente, quise buscar mis notas actualizadas por si conseguíamos otro colegio. Me sancionan por estar en preceptoria  y tiro una puteada. Me sancionan por putear, eso era una declaración de guerra. Un «te vas o te vas». Mientras tanto con mi mamá buscabamos escuela desesperadamente.

-¿Cómo les afectó a tus padres todo lo que te estaba sucediendo?

Supongo que para mi madre  fue muy difícil, creció en pueblo y éstas cosas todavía resuenan como «vergüenzas». Sin embargo, creo que al ver el daño y el desgaste que generaba la escuela en mi, no vio otra opción que la de acompañarme. Diferente fue con mi papá que no solamente se encargó de hacerme saber cuánto lo decepcionaba constantemente, sino que cuando le conté que a veces mis compañeras se reían de mi bisexualidad decidió dejar de hablarme por unos meses. En fin, el cambio de colegio, si bien fue complicado, fue de las mejores decisiones.  La escuela pública con su diversidad, sus problemas, sus, nuestras, y mis luchas me dejaron fascinada.

-¿Quisieras dar alguna reflexión?

Insisto que hacer balances siempre es un punto de referencia. ¿Dónde estaba y dónde estoy? Por ahí es complicado situarse en pasado, presente y proyectar a futuro. Pero sé que sigo siendo la Virginia que todos los días se levanta a constituir un mundo mejor, sin opresión ni explotación. Y por eso mi reflexión siempre es la de organizarse, la de armar colectivamente ,la de pelear para que no sólo no me pase a mi, sino que a nadie, la que es mucho más que el glitter en la movilización y la que fundamentalmente se mete y da pelea.

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