Ritual de viernes con la Mona Jiménez

Un ritual, una noche de viernes de Sargento más, una noche de “La Mona” Jiménez más. Los viernes llegan a juntarse más de 5.000 personas bajo el tinglado esquinero del club, en el barrio San Vicente región este de la ciudad de Córdoba. La forma que tienen de vincularse con su ídolo es religiosa, pagana y sexualizada. Muchos de los espectadores se dirigen a la barra del fondo y se persignan ante el escenario. Otros, quizás menos devotos, lanzan besos al aire y agradecen estar ahí una vez más. La Mona es récord por donde se lo mire. Con 68 años, lleva más de 50 arriba del escenario. Tiene 89 discos, más de 4 millones vendidos y 10.000 bailes realizados. Miles de personas lo llevan tatuado en la piel. Llevó el ritmo del cuarteto a cuatro generaciones, con alcances más allá de las fronteras cordobesas.

Los espectadores que están a centímetros del escenario son parte de un oleaje suave de gente que llega hasta las vallas bailando, de a dos, de a tres o de cuatro- retrocede unos metros y vuelve a su posición inicial. El cuarteto es excluyente, no negocia y no le preocupa lo foráneo. El cuarteto es estrictamente cordobés. Ninguna música habló tanto de los cordobeses como el cuarteto. Son sus letras pobladas de humor casero, trasnochados, flacas alegres y desgracias de cariño. Canta con el corazón de su pueblo más necesitado.

Las personas que van al Sargento Cabral pagan $300 en la puerta para entrar a su baile. A Jiménez lo vienen a ver los viernes, sábados y domingos.

Después de unas 7 canciones cantadas a coro por la totalidad de la gente, termina la primera selección. Llega el intervalo. Las luces se prenden. Algunos van al baño. Otros se dirigen a la barra a hidratarse.

Nadie saca foto. Nadie graba las canciones. Nadie se asombra de que, de vez en cuando, en medio de algún tema, el ídolo desaparezca del escenario y vuelva minutos más tarde. Después de cada corte, regresa al escenario con un vestuario diferente. Aunque siempre es brilloso y ajustado.

El ritual alcanza su punto máximo cuando Jiménez comienza a nombrar uno por uno los barrios de Córdoba. No hay banderas ni carteles con los nombres de cada uno. Al baile no se entra con nada de eso. Para nombrarlos, utiliza un lenguaje de señas creado por él. Es la marca registrada del rey. Lee con cierta dificultad lo que le va dictando el público: Girar los puños cerrados es Villa Allende; juntar ambos dedos índices y ambos pulgares, Alberdi; hacer binoculares refiere al barrio Bella Vista; el gesto de tocar una teta en el aire es General Bustos; marcar una zeta de zorro es barrio Zumarán.

En pleno recital, La Mona se esfuerza para entender lo que dice algún grupo de chicas. Al rato se escucha: Para la Yohana de Barrio Providencia que está cumpliendo años. Exaltación, gritos y saltos. Consiguieron lo que hace rato estaban esperando.

El listado de barrios no se detiene y La Mona, señas mediante, va cumpliendo con todo el catastro municipal. El músico conecta con su público de una manera hilarante e imposible de comparar. Lleva cinco décadas haciéndolo y ha logrado que esa forma se vuelva invencible. La comunicación fluye. La adrenalina puede percibirse. Todos quieren ser nombrados por el «Dios» de Sargento Cabral.

Las personas que están en el público van para venerar a ese ídolo. Se sienten representados. Es uno de ellos y pudo llegar más lejos que nadie.

El segundo intervalo se adueña de los músicos. La Mona se guarda un rato en sus camarines antes de la próxima tanda. Todo sigue igual. En la barras, el fernet es desplazado por el vino en cajita. Por $450 te llevás una bolsa chica de hielo, un tetrabrik blanco o tinto-, una vaso y una gaseosa de medio litro.

Otra vez, las luces se apagan y las palmas hacen vibrar el piso del Sargento Cabral. Ahí está de nuevo el líder carismático brindándose a su monada. Aunque ha perdido la frescura de sus movimientos, contornea su cuerpo, le guiña el ojo a las chicas y hace el pasito cordobés propio: aletea su mano en palma y contrapalma. La alegría es obligación en el cuarteto. Es un mandato.

Todo “Jimenero de ley” sabe que cuando suena «Vuelvo a vivir, vuelvo a cantar» en los bailes del Mandamás, significa que la noche terminó. Las luces se prenden del todo. El final es seco y sin matices.En ese momento, los fanáticos aprovechan su oportunidad para sacarse la foto con él. Los de la primera fila se miran y van subiendo de a uno, dos o de a tres, respetándose para no hacerlo todos al mismo tiempo. Nadie pide otra.. El cuartetero no se despide como una estrella de rock. No tarda años en volver. No tiene ceremonias de despedidas. El cuartetero no vuelve, porque nunca se va.

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