Para Él, para Ellos y para Vos

Y al fin, escuché el eco de ese silbato, que se infiltró como morfina en mis rodillas ya resentidas que anunciaba otro triunfo de Talleres. Juro que ví como se esfumaban hacia el cielo, racimos de desdichas, penurias, angustias y 12 años de sueños postergados. No era un espejismo, eran millares de plegarias escuchadas. Esta vez sí será.

La euforia y locura de esa cancha, nos pegaba como el alba de un nuevo día.  Todos vimos el amanecer para Talleres. Un equipo, mejor dicho un grupo, abrazado entre los flashes saltaba en el campo al compás de 45 mil fanáticos. Si imaginariamente, hasta rodamos por el piso junto a Solis y Strahman en los dos goles. Lo que traspasaron no eran arcos, eran los mismísimos pórticos a la primera división del fútbol argentino.

Intenté frenar el galope cardiaco, me abracé en sonrisas con los míos en la popular y luego lo busqué a Él. Me dí vuelta y lo ví en el mismo lugar que había estado todo el partido. El pobrecito lloraba, solito y feliz. Ya pasada la medianoche, veía como se iluminaba el rostro de ese niño de, estimo, los terribles 12 años.  Mi amigo “Pala” se le acercó y le apretó el cachete casi en saludo reverencial. Con esa mueca le dijo todo. Desde el escalón de abajo, lo contemplamos con  honor. “Que maestro ese pibe”, me dijo y acto seguido se tiró fiel metalero en un show, arriba de los otros a festejar.

El pibe era un maestro literalmente porque nos cantó todo el partido, fue la voz de los tres que fuimos enfermos. De uno con principio de neumonía, del otro controlando la ansiedad calladito y yo con la arritmia de un mal festival murguero en el miocardio.

Él continuaba lagrimeando, entonces desenrosqué del cuello, mi bandera – cabe aclarar la estatutaria – y para calmar al mini hincha le contaba que la bandera de Talleres era así: “escuchá, son 6 franjas horizontales alternadas, 3 de azul oscuro y 3 de blanco”. No me hablaba, solo me escuchaba atento con sus ojos esmerilados y sus manitos en los bolsillos de la campera. Seguramente a esa hora ya estaba cansado, pero ahí seguía.

En la algarabía y estruendos pulmonares, se desplegaba un telón en la tribuna Gasparini. “MIRA !!, le señalé, “así es la bandera de Talleres. Es igual a ésta que me cosió mi madre; cada vez que la traje, ganó Talleres, desde ahora es tuya, te la ganaste”. La doblé y se la entregué, le estreché la mano como a los que uno respeta y luego del “traela siempre” ya no pude hablar más. Ni siquiera escuché si me dijo gracias pero con la mirada de fiesta bastó para augurar que Talleres también tiene canteranos en la hinchada. Una de oro, porque todo lo que logramos anoche es gracias a Ellos, a Él. Ese pibe era socio. ¿Cómo Él, no va a merecer la Primera? Hasta, permítanme, le queda chica. La vida se lo debe, tanto a Él como a los que nos fumamos los torneos a campo traviesa y esa maldita docena de años. No como revancha sangrienta ni como justicia divina, sino como resultado del compromiso y esfuerzo sinérgico de muchos. Impecable conducta de hinchas, nobleza de socios, enjundia y corazón de los jugadores, sabiduría de un cuerpo técnico rompe-records y eficiencia en la gestión de los dirigentes y empleados. Ese es el grupo.

Gracias pibe, si vos no te hubieras hecho socio nada de esto hubiera pasado. Este triunfo es tuyo es para vos, es por ellos y para todos.

Te amamos Talleres.

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