¡Mujer, escucha, únete a la lucha!

Empezaba el miércoles con un cielo gris, donde constantemente parecía que iba a llover. Desde temprano se observaban mujeres vestidas de negro, se venía el paro.

Llegadas las 13, trabajadoras de todo el país decidieron paralizar sus actividades para combatir la violencia machista.

El “inédito” paro, como rotulaba uno de los diarios, fue convocado por mujeres, lesbianas, travestis, trans y bisexuales después del brutal femicidio de Lucía Pérez.

Salí de trabajar, busqué mi cámara y me fui a la intersección de Colón y Cañada. De la vereda, pase a caminar por la calle y noté que delante mío era todo monótono. El cielo, los edificios, nosotras, todas con un tono oscuro. Estábamos de luto.

Al alcanzar la esquina, me encontré con una multitud cantando, bailando, levantando los puños y gritando ¡vivas nos queremos!. Al caminar entre ellas, me crucé a niños sosteniendo carteles con el mensaje “ni una mamá menos”. Sentí escalofríos por mi espalda.

Se hicieron las 18, con la piel erizada y el paso firme, comencé a marchar. Delante y detrás se observaban mujeres de organizaciones, partidos, instituciones, estudiantes y vecinas de a pie. ¡Porque si tocan a una, nos tocan a todas!

La mezcla de sensaciones se podía sentir a cuadras. Estábamos marchando con furia, dolor y tristeza por Lucía Pérez, Julieta González, Janet Zapata, Ayelén Arroy y ciento de mujeres más que hoy no están.

Éramos 30 mil tirando para el mismo lado. Unidas tratando de detener los femicidios y la violencia. Unidas luchando por la igualdad entre hombres, mujeres, lesbianas, putos, bisexuales, transexuales y trans. Unidas tratando de dibujar a las que ya no están. Unidas levantando carteles, fotos y exigiendo ni una menos. Unidad pidiendo libertad. Unidas requiriendo que el aborto sea legal, seguro y en el hospital. Unidas porque queremos decidir cómo vestirnos y a qué hora salir. Unidas porque es la única forma de que nos escuchen, nos vean y nos dejen vivir.
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Mi angustia se podía notar y usando como escudo mi cámara, recorrí las siete cuadras que integraban la Marcha Nacional de Mujeres. La impotencia, el sufrimiento y las ganas de llorar estaban en la mochila que todas cargábamos al caminar.

Así fue que se llegó hasta Plaza ex Velez Sarsfield, donde se realizó un agradecimiento a todas las que participamos. Exigiendo que nunca nos callen, nos obliguen, nos censuren, nos denigren, nos golpeen y nos sigan oprimiendo. Porque queremos crecer sin miedo y vivir con miedo no es vivir.

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