La vuelta del deporte en barbijo y al palo

Por Nicole Luvecce

Adolescentes, adultes, niñes; movimiento, barullo, cháchara. Propiedades inexorables cuando se trata de clubes sociales y deportivos, que se encuentran silenciadas desde el principio de la cuarentena. En el Club La Tablada de Córdoba, el recuento de sonrisas crece, a medida que las actividades deportivas se van reanudando.

El primer jueves de noviembre, como de costumbre, les jugadores de rugby y hockey esperan en la entrada con sus barbijos puestos y las manos extendidas, esperando que sean rociadas con alcohol y sus temperaturas tomadas por el termómetro digital infrarrojo del portero. Como parte del protocolo, carteles se alzan con indicaciones en torno a la circulación y los cuidados básicos. La desesperación en les deportistas es tal, que a la hora de obedecer a las reglas no existe queja alguna. Así es como en fila y por los caminos demarcados, les atletas se dirigen a las canchas.

Llegando a la cancha de hockey de pasto sintético y arena, las jugadoras son recibidas con bancos suplentes encintados cual escenas del crimen, y una segunda dosis de desinfección en las manos. Acomodan con la separación correspondiente sus bolsos sobre la franja lateral de la cancha, y se ubican en una circunferencia interrumpida alrededor del bolso de bochas.

Las chicas intercambian miradas cómplices luego de recibir el anuncio de la segunda fase de entrenamiento: los pases entre ellas son una posibilidad, y la habilidad individual en el lugar deja de ser la única permitida. Sin tocar los elementos con las manos y cuidando de mantener la distancia mínima de dos metros en todo momento, el entrenamiento se da por comenzado.

Los ojos de todes se achinan por primera vez de felicidad y no concentración. Se respira un aire distinto, fresco. A medida que transcurre la hora de ejercicio, se desempolvan expresiones como libros viejos de la repisa superior de la biblioteca. “¡Tocala!”, “¡mirame!” enuncian las chicas mientras se desplazan con agilidad, como no lo hacían desde su último entrenamiento normal, allá por principios de marzo. Después de un largo tiempo, los músculos comienzan a recordar el cansancio verdadero y los pies pasan factura por la dureza de los botines.

El tiempo parece retroceder por un rato y las preocupaciones desaparecen. Más allá de cualquier estudio, elles encarnan la importancia de la actividad física para la salud mental. Les presentes se despiden pasadas las 19 horas, con sus endorfinas secretadas y los ánimos bien cargados hasta el siguiente encuentro. Por su grupo de WhatsApp intercambian sus estados: cansadas, pero sin duda relajadas, coinciden en que no hay nada más lindo que volver.

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