El paseador de perros. Gigolos, tabúes y encrucijadas

Por Diego Turletti para Redacción Periodística I

Cuando un extraño pregunta en qué trabaja, él a veces responde “paseo perros”. Para quien no lo conoce, es una respuesta normal. Para quién sí lo conoce, es un eufemismo con mucho cariño.

Y no es que Damián renegara de su vida como taxi-boy, pero tenía el pudor suficiente para no andar sacando trapitos al sol. Sus “perros” son sus clientes, y la analogía puede resultar apropiada. Después de todo, ambas situaciones requieren a veces el uso de una correa. Su vida no es muy diferente a la de los demás. Es gay, hace diseño gráfico, vive en barrio Iponá. Dice que algún día quiere enamorarse. En muchas cosas, es un anónimo más en La Docta. Sin embargo, en algunos aspectos, es una minoría y una excepción. No solo por su “otra” vida, sino por como la enfrenta, como la reconoce y cómo la vive.

Que si vengo que si boy

Taxi-boy. Gigoló. Escort. Hay muchas palabras para la misma cosa, recibir dinero a cambio de sexo. O a veces ni eso. Muchas veces es cuestión de compañía, de presencia o incluso juegos de poder. Hay un viejo dicho (un tanto sexista) que afirma que a la prostituta no se le paga para que venga, sino para que se vaya. Claro que hay que entender que la dinámica de la prostitución
masculina y femenina es completamente diferente, pero no escapa que hay ciertos paralelismos que se pueden trazar.
Ciertos estudios de esa meca del trabajo sexual que es el Reino Unido arrojan unos números bastante interesantes. En un país (o más bien, conjunto de países, pero no venimos acá a hablar de geopolítica) de 66 millones de personas, existen aproximadamente 100 mil trabajadores sexuales. De esos, 45% son hombres. De esos, cerca de un minúsculo 2% se identifica como gay. Claro que ellos están allá y nosotros estamos acá, pero al mismo tiempo es imposible creer que haya números muy diferentes por estos lados, porque al fin y al cabo las lógicas y necesidades de cierto segmento son extrapolables. Y como dudo que el INDEC vaya a hacer una encuesta permanente de trabajadores sexuales en un tiempo próximo, habrá que conformarse con eso. Lo
que nos dice, por ejemplo, es lo infravalorado (o quizás infrareportado) que es el trabajo sexual gay, más allá de que el gigoló de por sí sea una minoría, aunque no tal minoría como el sentido
común podría indicar.

Ahora bien, psicológicamente, hay pocas investigaciones que avancen sobre las realidades y diferencias de lo que implica ser un y una trabajador/a sexual. Ciertamente, cuestiones de naturaleza trágica como la trata no aplica a todos los casos y es mucho más común de encontrar cuando hablamos de prostitución femenina, junto con una multiplicidad de estigmatización y denigración que hace necesario un trabajo a gran escala para proteger a quien, como se dice, decide “vender su cuerpo”. Es por eso que a veces la cuestión de la prostitución masculina pasa volando debajo del radar, viviendo en sombras y eufemismos, más que una actividad reconocida, regulada, tasada y, por qué no, celebrada.

I’m just a gigolo, everywhere I go

“En una semana normal, veía a 4 o 5. No a todos les cobraba lo mismo, pero me hacía buena guita. Iba por toda la ciudad”. Claro que hace rato que esa cuestión de lo “normal” se fue
por la ventana. En el marco de la pandemia por todos conocida, resulta obvio pensar que existirá una disminución del caudal de clientes, y bueno, sí y no. A pesar de que usualmente lo citaba
gente mayor y varios con problemas preexistentes (es decir, la población más de riesgo), Damián cuenta que sigue teniendo similar nivel de mensajes y pedidos. Claro que él no está tomando
ninguno (eso nos dice, al menos), tanto por cuestiones de práctica como de responsabilidad propia.

Hay que pensar básicamente al taxi-boy como un hacedor de fantasías. Damián solo elije compañía masculina, pero como se vio en los fríos números, forma parte de una minoría. Las
mujeres y hombres que solicitan el servicio, igualmente, comparten puntos en común. Es la cuestión del target: ¿quién realmente paga por sexo? ¿Qué clase de hombre y de mujer se siente
atraído por la cuestión de dejar sus buenos pesos para pagarle a alguien por gemidos de pretendido placer? “La mayoría de la gente es piola. Son viejos, están solos o tienen familia que no
les da bola, quieren coj…. Yo no estoy para decirles qué hacer con su guita, si me quieren pagar  para estar con ellos, por mi mejor”. Esa cuestión de “estar”, claro, toma muchas formas. “A veces
voy y el tipo no quiere garc… sino que esté con él, o que chapemos nomás, o miremos una peli. Hay mucho de acompañamiento también”.

No todo taxi-boy nace igual

Uno podría decir que es muy Mujer Bonita humanizar al trabajador sexual como alguien con corazón de oro esperando ser “rescatado” por un hombre de guita en su Maserati, y no es un
mal punto de ataque. La idea hollywoodense que divide a quien ejerce la prostitución entre buenos, “limpios”, y caracteres siniestros (usualmente personas de color) es bastante persuasiva.
Y lamentablemente, como todo, a veces los clichés nacen de una triste verdad. Damián tiene la suerte de tener un trabajo diario que lo sustenta y tiene sus clientes para pagar diversos hobbies y gustos; esta no es la realidad para todos. Muchos no eligen vender su cuerpo sino que son empujados, principalmente por circunstancias fuera de su control. Problemas de dinero, de
familia, drogas. Es la parte que uno no quisiera ver.
Por eso a Damián le gustaría formar una especie de sindicato o representativo que vele por sus derechos. “Conozco AMMAR, pero se enfocan más en mujeres que en nuestros casos. Si
hay otros, no conozco”. De por sí es sabido que el trabajo sexual no es algo fácil, ni muy exento de peligro. Si bien como ya se ha dicho difiere en muchos casos del trabajo sexual femenino, el taxi-boy sigue expuesto a violencia, problemas legales, y peligros nacidos de los gajes del oficio, por así decirlo. “Me testeaba todos los meses, para VIH, ETS, todo. Ahora ya no necesito, pero antes era estricto”. De todos modos, Damián confiesa no tener miedo. “Cuando salía nunca pensaba ‘uy, me pueden cag… a palos’, aunque tomaba precauciones, obvio. Si tenés miedo directamente ni te juntás”.

Cabría decir en este final que a estas alturas del campeonato, ya estamos grandes para andar escandalizándonos por un trabajador sexual. No va a ser este texto una gran exposé que
vaya a la tapa de revistas internacionales. Pero también es necesario entender que atrás de cada persona hay una historia, y dentro de esas historias se juegan múltiples factores, afectivos,
sexuales, anímicos. Y contar esas historias es importante.

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