Crónica de la doceava marcha del orgullo que nunca ocurrió

Por Milagros Frontané

A las cinco de la tarde de hoy, las calles del centro de la ciudad de Córdoba deberían perder su gris. Los autos y los colectivos deberían despejar la calle Tablada con la llegada de los herederos de Stonewall. Una hora y media antes de movilizarse, la Avenida Colón y General Paz se pintaría completamente de arcoíris. Los camiones construirían un paisaje sonoro bolichero. Los acoplados serían una pista de baile y las cervezas estarían yendo y viniendo desde temprano. La comunidad LGBT+ estaría bailando y moviéndose al ritmo de la música, y la producción de varias horas de maquillaje se desdibujaría por el calor, como el sol al atardecer. Las drag queen estarían desfilando delicadamente entre la multitud con sus pelucas, vestuarios y maquillajes extravagantes. Pero nada de eso ocurrirá. Esta es la crónica de la marcha del orgullo que nunca será a causa de la pandemia de COVID-19 que amenaza al año 2020 desde marzo.

Hoy, 9 de noviembre, la Avenida Colón y General Paz no los espera. El tránsito sigue su camino con normalidad en un contexto en que todo cambió para siempre. El centro luce triste. Muchos locales en alquiler y miles de personas sin sus puestos de trabajo.

Al recorrer por las calles el mismo circuito que habría hecho la marcha sólo se ven persianas grises, opacas, despintadas y hasta oxidadas. Sólo se escucha el bullicio del tráfico a la tarde, el motor de los colectivos, y a la gente que habla mientras va caminando.

Si alguien quisiera salir de la calle Tablada a las cinco de la tarde, se sentirá completamente solo. No deberá adaptarse a ningún ritmo de caminata, ni tomar una distancia que respete a las organizaciones políticas que estén adelante.

Hoy es un día común. De esos en los que la gente va al centro a hacer trámites. Las militantes por los derechos de la comunidad LGTB+ tendrían que haber estado esperándose entre sí para armar las columnas. Para a cambio esos espacios están vacíos.

Los militantes que hoy pasen por allí, solo escucharán sus piernas moverse y los auriculares. Estarán encerrados en su mundo individual.

Si no hay responsabilidades que cumplir la tarde será aburrida para los militantes que apoyan la causa LGTB+, aburrida y fantasmagórica. Cuando deberían estar ensordecidos por la música que sale de los camiones.

Debería haber estar aquel que tenía alas multicolores, un sombrero con plumas y que apenas camina por el alto de sus plataformas.

Este año pierde todo su sentido la vestimenta, el cotillón y las intervenciones artísticas. Las banderas no flamearán bien alto a plena luz del sol, tapando los edificios de la Avenida Vélez Sarsfield.

Por primera vez en 12 años no hay marcha presencial. Todo migró a la virtualidad.

Hoy las pantallas de las disidencias se prenderán para asistir a reuniones virtuales, estar al tanto de las actividades que la Mesa Coordinadora de la Marcha del Orgullo en Córdoba programó. Las artistas están en los lives de Instagram durante las jornadas de intervención en los barrios. Cada uno de ellos en sus casas con distanciamiento físico por una pandemia inesperada. El barbijo les impedirá alzar la voz por las injusticias; pero aún así nada detendrá a la comunidad LGTB+ y los militantes políticos que la apoya.  Desde las redes anuncian que los verán volver y con más fuerzas.

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